30 de abril de 2010

Plaza de Jamaa el Fna

Cuando llegué a aquella plaza, nada más aterrizar en Marrakech, una sensación de inseguridad
me invadió por completo. Me impresioné con su bullicio y caos  pero también con el encanto, la belleza y la tranquilidad de sus rincones,  la combinación del agua con la jardinería, sus zocos oscuros y llenos de vida, …  Me sentía observada en todo momento. Envuelta por una gran multitud de personas que se acercaban para ofrecerme de todo, desde enseñarme hoteles, restaurantes,  hacerme fotos con monos, con serpientes, paseos a caballo, comida, etc. Contadores de historias, músicos y magos que estaban rodeados de grupos de hombres que se reían disfrutando del número. Pequeños carteristas o tramposos que se confundían entre los demás.  Niños que esnifaban en pañuelos empapados en algún tipo de cola, así como otros niños  ya mostraban sus dotes de comerciantes.
Tras un rato allí, llegó la calma aunque sabía que tenía que estar atenta a mis movimientos y los de los demás. 
Para mi sorpresa, la gente resultó ser de lo más amable en todo momento (excepto un par de anécdotas)
Como mujer, tenía algún temor por si no llegaba a serntirme cómoda, pero en la mayor parte del tiempo
se mostraron cordiales y amables conmigo.


La verdad es que me impactó bastante ver como los niños se pasaban las horas en el mismo punto (excepto cuando te seguían varios metros para conseguir que comprases) vendiendo pasteles, pañuelos, o simplemente ofreciéndose como guías para llevarte a algún sitio por unas monedas.  Sus madres estaban más o menos cerca controlando las ventas del niño. Auténticos aprendices de las leyes del comercio y el regateo.

 

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