30 de abril de 2010

Tráfico rodado

Me llamó mucho la atención lo complicado que parecía ser cruzar una calle... Pero una vez que te atrevías,
la cosa resulta casi sencilla. Aparentemente aquello era un caos, pero el secreto residía en la calma -o no calma- de los circulantes.  Cientos de vehículos, en cualquiera de sus variantes,  pasaban, pitaban, y ofrecían más ruído aún para el conglomerado y cargado ambiente de Marrakech.

Finalmente me quedé sin probar la aventura de coger un taxi. Toda una prueba de las
virtudes del regateo y pillería para conseguir que te llevasen a un sitio por un precio pactado.
Había diferentes taxis o carros en función de las necesidades. Desde el paisano que empujaba una carretilla, 
pasando por el petit taxi, hasta el gran taxi.  Los consejos de todo el mundo se basaban en que para pillar
un taxi, primero hablásemos con él rato, negociásemos el precio y luego, si no nos convenía, hacer el amago de acercarnos a otro y en seguida, bajaban el suyo... Realmente esta era la misma
norma para todo. Puedo decir que me sentí estafada durante varias veces durante el viaje,
la jugada se repetía una y otra vez.

En medio del caos, cientos de carros se sorteaban entre el demás tráfico.  Auténticas muestras del equilibrio sobre ruedas de puestos ambulantes o transportistas de un sin fin de cosas. También se alquilaban para llevarte las maletas, a algún sitio, etc.  Sin duda el que más me asombró fue el hombre  que llevaba varios pisos de huevos por uno de los zocos, que además de los baches tenía que esquivar a la gente. 
Todo un record.
 
Los cruces  de grandes calles aparentemente eran pruebas para suicidas, pero después de llevar un par de horas allí, descubrías que personas y coches se relacionaban con mucha tranquilidad. 
Ibas buscando tu hueco y consguías llegar al otro lado de la calle sin problema.

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